EL
POSITIVISMO
«Ciencia,
y por lo tanto previsión; previsión, y por lo tanto
acción:
tal es la fórmula que expresa con exactitud la relación
general
que existe entre ciencia y arte, tomando estos
dos
términos en su acepción más amplia.»
Auguste
Comte
«La
ciencia, y únicamente la ciencia, puede brindar a la
humanidad
aquello sin lo cual ésta no puede vivir, un símbolo y una ley.»
Ernest
Renan
«La
evolución sólo puede acabar estableciendo la mayor
perfección
y la felicidad más completa.»
Herbert
Spencer
EL
POSITIVISMO
1. LAS
LÍNEAS MAESTRAS DEL POSITIVISMO
El
positivismo es una corriente compleja de pensamiento que dominó gran parte de
la cultura europea en sus manifestaciones filosóficas, políticas, pedagógicas,
historiográficas y literarias (entre estas últimas se cuentan, por ejemplo, el
verismo y el naturalismo), en un período que cubre aproximadamente desde 1840
hasta llegar casi al inicio de la primera guerra mundial. Una vez superada la
tempestad de 1848 -si exceptuamos el enfrentamiento de Crimea en 1854 y la guerra
franco-prusiana de 1870-la época positivista fue una era básicamente pacífica
en Europa. Al mismo tiempo, constituyó la época de la expansión colonial
europea en Africa y en Asia. En el seno de este marco político culmina en
Europa la transformación industrial, lo cual posee enormes consecuencias para
la vida social: la utilización de los descubrimientos científicos transforma
todo el sistema de producción; se multiplican las grandes ciudades; crece de
modo impresionante la red de intercambios comerciales; se rompe el antiguo
equilibrio entre ciudades y zonas rurales; aumentan la producción y la riqueza;
la medicina vence las enfermedades infecciosas, antiguo y angustioso flagelo
de la humanidad. En pocas palabras, la revolución industrial cambia radicalmente
la forma de vivir. La idea de un progreso humano y social imposible de detener
galvaniza el entusiasmo general: de ahora en adelante dispondríamos de los
instrumentos capaces de solucionar todos los problemas. Estos instrumentos
consistían -en opinión de muchos- sobre todo en la ciencia y en sus
aplicaciones a la industria, y luego en el mercado libre y en la educación.
Además,
en lo que concierne la ciencia, durante el período que transcurre entre 1830 y
1890, mantiene con frecuencia unos vínculos muy estrechos con el desarrollo de
la industria, vinculación que posee un carácter bilateral, lo cual permite
avances muy significativos en sus sectores más importantes. En matemáticas se
dan las aportaciones de Cauchy, Weierstrass, Dedekind y Cantor, entre otros.
En geometría, las de Riemann, Bolyai, Lobachevski y Klein. La física se
enorgullece de los resultados de las investigaciones de Faraday sobre la
electricidad y de Maxwell y Hertz sobre el electromagnetismo; también en la
ciencia física se producen los trabajos fundamentales de Mayer, Helmholtz,
Joule, Clausius y Thomson sobre termodinámica. Berzelius, Mendeléiev, von
Liebig, entre otros, hacen que crezca el saber químico. Koch, Pasteur y sus
discípulos desarrollan la microbiología y obtienen éxitos resonantes. Bernard
edifica la fisiología y la medicina experimental. Es la época de la teoría
evolucionista de Darwin, y la torre Eiffel de París y la apertura del canal de
Suez simbolizan los adelantos tecnológicos.
Una
estabilidad política básica, el proceso de industrialización y los avances de
la ciencia y de la tecnología constituyen los pilares del medio ambiente socio
cultural que el positivismo interpreta, exalta y favorece. Sin ninguna duda, no
tardarán en hacerse sentir los grandes males de la sociedad industrial (los
desequilibrios sociales, las luchas por la conquista de los mercados, la
condición miserable del proletariado, la explotación laboral de los menores de
edad, etc.). El marxismo diagnostica estos males de un modo distinto a como lo
hacen los positivistas. Estos no ignoran dichos males, pero pensaban que pronto
desaparecerían, como fenómenos transitorios que serían eliminados por el
aumento del saber, de la instrucción popular y de la riqueza.
Los
representantes más significativos del positivismo son Auguste Comte (1798-1857)
en Francia; John Stuart Mill (1806-1873) Y Herbert Spencer (1820-1903) en
Inglaterra; Jakob Moleschott (1822-1893) y Ernst Haeckel (1834-1919) en
Alemania; Roberto Ardigo (1828-1920) en Italia. Por lo tanto, el positivismo se
integra en tradiciones culturales diferentes: en Francia se inserta en el
interior del racionalismo que va desde Descartes hasta la ilustración; en
Inglaterra, se desarrolla sobre la tradición empirista y utilitaria, y se
relaciona a continuación con la teoría darwinista de la evolución; en Alemania
asume la forma de un rígido cientificismo y de un monismo materialista; en
Italia, con Ardigo, sus raíces se remontan al naturalismo renacentista, aunque
sus frutos más notables -debido a la situación social de la nación ya
unificada- los brinda en el ámbito de la pedagogía y de la antropología
criminal. En cualquier caso, a pesar de tal diversidad, en el positivismo
existen unos rasgos fundamentales de carácter común, que permiten calificarlo
como corriente unitaria de pensamiento:
1) A
diferencia del idealismo, en el positivismo se reivindica el primado de la
ciencia: sólo conocemos aquello que nos permite conocer las ciencias, y el
único método de conocimiento es el propio de las ciencias naturales.
2) El
método de las ciencias naturales (descubrimiento de las leyes causales y el
control que éstas ejercen sobre los hechos) no sólo se aplica al estudio de la
naturaleza sino también al estudio de la sociedad.
3) Por
esto la sociología -entendida como la ciencia de aquellos «hechos naturales»
constituidos por las relaciones humanas y sociales- es un resultado
característico del programa filosófico positivista.
4) En el
positivismo no sólo se da la afirmación de la unidad del método científico y de
la primacía de dicho método como instrumento cognoscitivo, sino que se exalta
la ciencia en cuanto único medio en condiciones de solucionar en el transcurso
del tiempo todos los problemas humanos y sociales que hasta entonces habían
atormentado a la humanidad.
5)
Por consiguiente, la época del positivismo se caracteriza por un optimismo
general, que surge de la certidumbre en un progreso imparable (concebido en
ocasiones como resultado del ingenio y del trabajo humano, y en otros casos
como algo necesario y automático) que avanza hacia condiciones de
bienestar generalizado, en una sociedad pacifica y penetrada de solidaridad
entre los hombres.
6) El
hecho de que la ciencia sea propuesta por los positivistas como único
fundamento sólido de la vida de los individuos y de la vida en común; el que se
la considere como garantía absoluta del destino de progreso de la humanidad;
el que el positivismo se pronuncie a favor de la divinidad del hecho: todo esto
indujo a algunos especialistas a interpretar el positivismo como parte
integrante de la mentalidad romántica. En el caso del positivismo, sin embargo,
sería la ciencia la que resultaría elevada a la categoría de infinito. El
positivismo de Comte, por ejemplo -afirma Kolakowski-, «implica una construcción
de filosofía de la historia omnicomprensiva, que culmina en una visión
mesiánica».
7) Tal
interpretación no ha impedido sin embargo que otros exegetas (por ejemplo,
Geymonat) descubran en el positivismo determinados temas fundamentales que proceden
de la tradición ilustrada, como es el caso de la tendencia a considerar que los
hechos empíricos son la única base del verdadero conocimiento, la fe en la
racionalidad científica como solucionadora de los problemas de la humanidad, o
incluso la concepción laica de la cultura, entendida como construcción
puramente humana, sin ninguna dependencia de teorías y supuestos teológicos.
8)
Siempre en líneas generales el positivismo (John Stuart MilI constituye una
excepción en este aspecto) se caracteriza por una confianza acrítica y a
menudo expeditiva y superficial en la estabilidad y en el crecimiento sin
obstáculos de la ciencia. Dicha confianza acrítica se transformó en un fenómeno
consuetudinario.
9) La
positividad de la ciencia lleva a que la mentalidad positivista combata las
concepciones idealistas y espiritualistas de la realidad, concepciones que los
positivistas acusaban de metafísicas, aunque ellos cayesen también en posturas
metafísicas tan dogmáticas como aquellas que criticaban.
10) La
confianza en la ciencia y en la racionalidad humana, en definitiva, los rasgos
ilustrados del positivismo, indujeron a algunos marxistas a considerar que la
acostumbrada interpretación marxista -según la cual el positivismo no es más
que la ideología de la burguesía en la segunda mitad del siglo XIX- es
insuficiente y, en cualquier caso, posee un carácter reductivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario